No es mucho lo que ha cambiado desde que decidí inmiscuirme en el camino de la tristeza como un niño siguiendo una pelota, un niño que es engañado por un dulce y va de la mano de un verdugo.
Tal vez ha faltado malicia, tal vez es necesario tener un poco de maldad para proteger el corazón, para evitar sufrir.
Ha corrido mucho lodo entre mis manos. He tocado el infierno y me atrevo a pensar que no es karma, veo gente mala viviendo muy bien, personas que se satisfacen con el dolor ajeno, seres que son felices creando infelicidad y tristeza al rededor de otros seres.
Dolor, inevitable dolor. Ahora me embarga el alma.
El tiempo ha pasado y causa estragos en mi ser. Se acaba, se lleva los anhelos, los sueños que tuvimos alguna vez, los planes que se realizan y hasta las metas cumplidas, todo se va.
Se van personas de nuestra vida, personas que dejan huella.
Personas que marcan en el amor, y que al partir dejan quebrantos porque se llevan la inocencia y dejan incertidumbre o desconfianza. Temor.
Personas que marcan y nos hacen sentir plenos, que nos hacen flotar de alegría, que ilusionan el corazón, que alientan la vida llenando el día de suspiros... que agotan su tiempo y cumplen un ciclo pero dejan una enseñanza en el amor, en la esperanza.
Hay personas que anhelamos que lleguen a nuestra vida sin descubrirnos desnudos frente al espejo, sin reconocer que nos merecemos, porque no se ama el reflejo de lo que percibimos y dejamos cada vez más vacío nuestra ser al regalar nuestro interior a pedazos.
Pero hay personas que damos por sentado que están en nuestra vida. Personas que influyen en nuestra formación, que han hecho que parte o mucho de nuestra esencia sea la que brindamos al mundo, personas que amamos más que a nada y que han acompañado nuestra vida desde que llegamos a este plano terrenal envueltos en una capa de piel, creciendo tomados de su mano.
Para muchos un padre, para otros una madre, otros con la fortuna de tener ambos seres en sus vidas fortaleciendo un sentimiento, una crianza, una forma de ver la vida.
El tiempo, ese perfecto, sutil, doloroso, pretencioso, certero, preciso... efimero... ese tiempo y de un momento a otro te arrebata esa mano que aún con tantos años te seguía sosteniendo, que te seguía guiando, enseñando.
Se va, el tiempo pasa, se va, se lleva consigo a quienes amamos, a quienes nos protegen, a quienes pensamos que estarán allí mañana para darnos nuevamente los buenos días, para darnos un beso, para cerrar sus ojos con un guiño y regalando amor.
Se va, dejando una vacío acompañado de gran dolor.
Se va, llevando consigo todo su amor.
Hoy miro al cielo y puedo sentir la ausencia, el frío es más fuerte que nunca y solo puedo abrazarme a mi misma conteniendo el llanto para que no sea escuchado por nadie. La alegría se apagado y se que tomará tiempo, se que el eco de tu voz retumba en mi mente, te imagino porque se que ya no podré verte, ya no podré sentirte, ya no podré apretarte y pretender que me mimes, que me escuches y me aconsejes, que solo estés ahí dándome una enseñanza más con el silencio de tu paciencia permitiendo que me desahogue para decir al final "todo va a estar bien, hija, te amo mucho, no lo olvides"
Tu ausencia ha clavado algo dentro de mi corazón. Siento que aún no despierto de ese momento, en el que la fuerza de mis piernas fluyó con el viento, cayendo al piso con el peso del mundo entero, siento que no proceso la idea de que ya no estás, siento que te necesito papá.
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